Hace mucho tiempo hice un dibujo de un hombre a mis ojos fracasado.
Me lo imaginé un gringo venido a menos en México. Me imaginé su nombre: Norman.
Ese hombre estaba sentado, con las piernas estiradas una sobre la otra. Sentado en una banca de metal de las que hay en La Alameda en la Ciudad de México. Atrás de él había una farola. Era de día y ese hombre estaba durmiendo, con los brazos cruzados sobre el pecho. Durmiendo el intenso sueño de su fracaso.
Era un hombre sucio y me lo imaginé vagabundo. Un caso sin salida. De la farola brotaban en el dibujo pequeñas líneas que formaban un remolino estilo Van Gogh llenando toda la superficie y velando el paisaje del jardín.
Ese dibujo se perdió pero nos impactó mucho a Manolo, mi hermano y a mi. El tema era muy triste.
A veces hablamos de ese dibujo. Añadida a la tristeza propia de su tema está la de que es irrecuperable.
Anoche me senté a dibujar. Como siempre sin rumbo. Y llegué aquí. En el trance de la accion de dibujar llegué aquí. Inmediatamente reconocí que eran las playas del otro sueño, el de Norman. Visitaba su interpretación.
(c) 2002-25 Francisco Torres Moreno